
Ese mismo día de regreso a mi casa en un taxi me di cuenta de que el taxista también estaba rodeado de escudos de protección para cualquier mala vibra voladora que pudiera atacar. El taxi contaba con la protección de unos ajos colgando del parabrisas, que me imagino que eran de plástico si no el olor hubiera sido inaguantable, los zapatitos de su nietos los cuales acarició cuando le pague la dejada y unos ocho o nueve santos diferentes, algunos boca abajo porque así son más efectivos.
Ya sean patas de conejo, ajos, herraduras, ojos, borregos, cuernos, elefantes, búhos, plantas o santos volteados de cabeza, que suerte que los mexicanos contamos con este blindaje que nos ayuda a pasar por la vida evitando catástrofes terribles que acabarían con la buena vibra que nos caracteriza.
Y si por algo en algún momento de desesperación no traemos lo necesario para combatir la fuerza maligna, una buena persignadita y listo, el blindaje se vuelve a activar.
Nadie....
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